miércoles, 3 de diciembre de 2014

Televisión: Hipnótica luz doblegadora de espíritu

En 1988 mis padres tenían unos “compadres” que vivían en San Juanico en la hermana república de Tlalnepantla, nunca supe de dónde sacaron mis padres ese compadrazgo y mucho menos logro entender por qué íbamos tan seguido a visitarlos era como ir a provincia, la pareja se dedicaba a la crianza de puercos para consumo e hijos para ocupar el planeta, según recuerdo que la mayor de sus hijas ya era mamá a los 16 años, esa casa estaba llena de ruido de niños y puerquitos. Después del largo trayecto en transporte público y subir a pie una pendiente llegabas a una casa modesta de ladrillos grises, sin aplanado y con cortinas en lugar de puertas. Todos los integrantes de la familia te recibían de una manera increíble, sin embargo, no me gustaba ir porque no tenían televisión. Yo como buen niño citadino de la época mis juegos se relacionaban con personajes de ficción tomados de ella, los niños de la familia me decían que estaba loco porque no conocían de qué carajos les hablaba, supongo que se sentían como cuando escuchas a un chino intentando hablar español. Jugábamos burro tamalado, escondidillas, las traes o las trais (nunca he estado seguro de como se le dice) contábamos cuentos de terror, anécdotas de la escuela, leíamos revistas de chistes… en fin, la vida sencilla del campo. La última vez que fuimos al entrar a la casa no había un solo niño en el patio, no había ruido, hasta que entramos a la sala me di cuenta del motivo, la familia tenía una flamante y pequeña televisión en blanco y negro. Todos estaban sentados mirándola desde el más grande hasta el más pequeño, esa fue la primera vez que en verdad me aburrí, cuando regresamos a casa les decía a mis papás que era como ver a cavernícolas descubriendo el fuego (suena culera la comparación pero así se veían). A ellos no les toco ver la explosión del challenger en enero de 1986, ni la transmisión del noticiario hoy mismo que fue interrumpida a las 7:19 am un jueves 19 de septiembre de 1985 y mucho menos se enteraron del seguimiento que se le dio a una explosión ocurrida el 19 de noviembre de 1984 de la cual ellos fueron testigos presenciales, probablemente se enterarían de la caída del muro de Berlín el 10 de noviembre de 1989 pero me temo que la luz hipnótica del cinescopio para entonces ya les habría doblegado la voluntad y el espíritu como lo hizo con muchos de nosotros.

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